|
Regla de San Benito (primera parte) 1 Escucha, hijo, los preceptos del Maestro, e inclina el oído de tu corazón; recibe con gusto el consejo de un padre piadoso, y cúmplelo verdaderamente. 2 Así volverás por el trabajo de la obediencia, a Aquel de quien te habías alejado por la desidia de la desobediencia. 3 Mi palabra se dirige ahora a ti, quienquiera que seas, que renuncias a tus propias voluntades y tomas las preclaras y fortísimas armas de la obediencia, para militar por Cristo Señor, verdadero Rey. 4 Ante todo pídele con una oración muy constante
que lleve a su término toda obra buena que comiences, 5 para
que Aquel que se dignó contarnos en el número de sus hijos, no tenga
nunca que entristecerse por nuestras malas acciones. 6 En
todo tiempo, pues, debemos obedecerle con los bienes suyos que Él depositó
en nosotros, de tal modo que nunca, como padre airado, desherede a sus
hijos, 7 ni como señor temible, irritado por nuestras maldades,
entregue a la pena eterna, como a pésimos siervos, a los que no quisieron
seguirle a la gloria. 8 Levantémonos, pues, de una vez, ya que la Escritura
nos exhorta y nos dice: “Ya es hora de levantarnos del sueño”. 9
Abramos los ojos a la luz divina, y oigamos con oído atento lo que diariamente
nos amonesta la voz de Dios que clama diciendo: 10 “Si oyeren
hoy su voz, no endurezcan sus corazones”. 11 Y otra vez:
“El que tenga oídos para oír, escuche lo que el Espíritu dice a las
iglesias”. 12 ¿Y qué dice? “Vengan, hijos, escúchenme, yo
les enseñaré el temor del Señor”. 13 “Corran mientras tienen
la luz de la vida, para que no los sorprendan las tinieblas de la muerte”. 14 Y el Señor, que busca su obrero entre la muchedumbre
del pueblo al que dirige este llamado, dice de nuevo: 15
“¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?”.
16 Si tú, al oírlo, respondes “Yo”, Dios te dice: 17
“Si quieres poseer la vida verdadera y eterna, guarda tu lengua del
mal, y que tus labios no hablen con falsedad. Apártate del mal y haz
el bien; busca la paz y síguela”. 18 Y si hacen esto, pondré
mis ojos sobre ustedes, y mis oídos oirán sus preces, y antes de que
me invoquen les diré: “Aquí estoy”. 19 ¿Qué cosa más dulce
para nosotros, carísimos hermanos, que esta voz del Señor que nos invita?
20 Vean cómo el Señor nos muestra piadosamente el camino
de la vida. 21 Ciñamos, pues, nuestra cintura con la fe y la
práctica de las buenas obras, y sigamos sus caminos guiados por el Evangelio,
para merecer ver en su reino a Aquel que nos llamó. 22 Si queremos habitar en la morada de su reino,
puesto que no se llega allí sino corriendo con obras buenas, 23
preguntemos al Señor con el Profeta diciéndole: “Señor, ¿quién habitará
en tu morada, o quién descansará en tu monte santo?”. 24
Hecha esta pregunta, hermanos, oigamos al Señor que nos responde y nos
muestra el camino de esta morada 25 diciendo: “El que anda
sin pecado y practica la justicia; 26 el que dice la verdad
en su corazón y no tiene dolo en su lengua; 27 el que no
hizo mal a su prójimo ni admitió que se lo afrentara”. 28
El que apartó de la mirada de su corazón al maligno diablo tentador
y a la misma tentación, y lo aniquiló, y tomó sus nacientes pensamientos
y los estrelló contra Cristo. 29 Estos son los que temen
al Señor y no se engríen de su buena observancia, antes bien, juzgan
que aun lo bueno que ellos tienen, no es obra suya sino del Señor, 30
y engrandecen al Señor que obra en ellos, diciendo con el Profeta: “No
a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria”. 31
Del mismo modo que el Apóstol Pablo, que tampoco se atribuía nada de
su predicación, y decía: “Por la gracia de Dios soy lo que soy”. 32
Y otra vez el mismo: “El que se gloría, gloríese en el Señor”. 33
Por eso dice también el Señor en el Evangelio: “Al que oye estas mis
palabras y las practica, lo compararé con un hombre prudente que edificó
su casa sobre piedra; 34 vinieron los ríos, soplaron los
vientos y embistieron contra aquella casa, pero no se cayó, porque estaba
fundada sobre piedra”. 35 Después de decir esto, el Señor espera que respondamos
diariamente con obras a sus santos consejos. 36 Por eso,
para corregirnos de nuestros males, se nos dan de plazo los días de
esta vida. 37 El Apóstol, en efecto, dice: “¿No sabes que
la paciencia de Dios te invita al arrepentimiento?”. 38 Pues
el piadoso Señor dice: “No quiero la muerte del pecador, sino que se
convierta y viva”. 39 Cuando le preguntamos al Señor, hermanos, sobre
quién moraría en su casa, oímos lo que hay que hacer para habitar en
ella, a condición de cumplir el deber del morador. 40 Por
tanto, preparemos nuestros corazones y nuestros cuerpos para militar
bajo la santa obediencia de los preceptos, 41 y roguemos
al Señor que nos conceda la ayuda de su gracia, para cumplir lo que
nuestra naturaleza no puede. 42 Y si queremos evitar las
penas del infierno y llegar a la vida eterna, 43 mientras
haya tiempo, y estemos en este cuerpo, y podamos cumplir todas estas
cosas a la luz de esta vida, 44 corramos y practiquemos ahora
lo que nos aprovechará eternamente. 45 Vamos, pues, a instituir una escuela del servicio
divino, 46 y al hacerlo, esperamos no establecer nada que
sea áspero o penoso. 47 Pero si, por una razón de equidad,
para corregir los vicios o para conservar la caridad, se dispone algo
más estricto, 48 no huyas enseguida aterrado del camino de
la salvación, porque éste no se puede emprender sino por un comienzo
estrecho. 49 Mas cuando progresamos en la vida monástica
y en la fe, se dilata nuestro corazón, y corremos con inefable dulzura
de caridad por el camino de los mandamientos de Dios. 50
De este modo, no apartándonos nunca de su magisterio, y perseverando
en su doctrina en el monasterio hasta la muerte, participemos de los
sufrimientos de Cristo por la paciencia, a fin de merecer también acompañarlo
en su reino. Amén. Fin del Prólogo LAS CLASES DE MONJES 1 Es sabido que hay cuatro clases de monjes. 2 La primera es la de los cenobitas, esto es, la de aquellos que viven en un monasterio y que militan bajo una regla y un abad. 3 La segunda clase es la de los anacoretas o ermitaños,
quienes, no en el fervor novicio de la vida religiosa, sino después
de una larga probación en el monasterio 4 aprendieron a pelear
contra el diablo, enseñados por la ayuda de muchos. 5 Bien
adiestrados en las filas de sus hermanos para la lucha solitaria del
desierto, se sienten ya seguros sin el consuelo de otros, y son capaces
de luchar con sólo su mano y su brazo, y con el auxilio de Dios, contra
los vicios de la carne y de los pensamientos. 12 De la misérrima vida de todos éstos, es mejor
callar que hablar. 13. Dejándolos, pues, de lado, vamos a organizar,
con la ayuda del Señor, el fortísimo linaje de los cenobitas. __________
1 Un abad digno de presidir un monasterio debe acordarse siempre de cómo se lo llama, y llenar con obras el nombre de superior. 2 Se cree, en efecto, que hace las veces de Cristo en el monasterio, puesto que se lo llama con ese nombre, 3 según lo que dice el Apóstol: “Recibieron el espíritu de adopción de hijos, por el cual clamamos: Abba, Padre”. 4
Por lo tanto, el abad no debe enseñar, establecer o mandar nada que
se aparte del precepto del Señor, 5 sino que su mandato y
su doctrina deben difundir el fermento de la justicia divina en las
almas de los discípulos. 6 Recuerde siempre el abad que se
le pedirá cuenta en el tremendo juicio de Dios de estas dos cosas: de
su doctrina, y de la obediencia de sus discípulos. 7 Y sepa
el abad que el pastor será el culpable del detrimento que el Padre de
familias encuentre en sus ovejas. 8 Pero si usa toda su diligencia
de pastor con el rebaño inquieto y desobediente, y emplea todos sus
cuidados para corregir su mal comportamiento, 9 este pastor
será absuelto en el juicio del Señor, y podrá decir con el Profeta:
“No escondí tu justicia en mi corazón; manifesté tu verdad y tu salvación,
pero ellos, desdeñándome, me despreciaron”. 10 Y entonces,
por fin, la muerte misma sea el castigo de las ovejas desobedientes
encomendadas a su cuidado. 11
Por tanto, cuando alguien recibe el nombre de abad, debe gobernar a
sus discípulos con doble doctrina, 12 esto es, debe enseñar
todo lo bueno y lo santo más con obras que con palabras. A los discípulos
capaces proponga con palabras los mandatos del Señor, pero a los duros
de corazón y a los más simples muestre con sus obras los preceptos divinos.
13 Y cuanto enseñe a sus discípulos que es malo, declare
con su modo de obrar que no se debe hacer, no sea que predicando a los
demás sea él hallado réprobo, 14 y que si peca, Dios le diga:
“¿Por qué predicas tú mis preceptos y tomas en tu boca mi alianza? pues
tú odias la disciplina y echaste mis palabras a tus espaldas” y 15
“Tú, que veías una paja en el ojo de tu hermano ¿no viste una viga en
el tuyo?”. 16 No haga distinción de personas en el monasterio. 17 No ame a uno más que a otro, sino al que hallare mejor por sus buenas obras o por la obediencia. 18 No anteponga el hombre libre al que viene a la religión de la condición servil, a no ser que exista otra causa razonable. 19 Si el abad cree justamente que ésta existe, hágalo así, cualquiera fuere su rango. De lo contrario, que cada uno ocupe su lugar, 20 porque tanto el siervo como el libre, todos somos uno en Cristo, y servimos bajo un único Señor en una misma milicia, porque no hay acepción de personas ante Dios. 21 Él nos prefiere solamente si nos ve mejores que otros en las buenas obras y en la humildad. 22 Sea, pues, igual su caridad para con todos, y tenga con todos una única actitud según los méritos de cada uno. 23 El abad debe, pues, guardar siempre en su enseñanza, aquella norma del Apóstol que dice: “Reprende, exhorta, amonesta”, 24 es decir, que debe actuar según las circunstancias, ya sea con severidad o con dulzura, mostrando rigor de maestro o afecto de padre piadoso. 25 Debe, pues, reprender más duramente a los indisciplinados e inquietos, pero a los obedientes, mansos y pacientes, debe exhortarlos para que progresen; y le advertimos que amoneste y castigue a los negligentes y a los arrogantes. 26 No disimule los pecados de los transgresores, sino que, cuando empiecen a brotar, córtelos de raíz en cuanto pueda, acordándose de la desgracia de Helí, sacerdote de Silo. 27 A los mejores y más capaces corríjalos de palabra una o dos veces; pero a los malos, a los duros, 28 a los soberbios y a los desobedientes reprímalos en el comienzo del pecado con azotes y otro castigo corporal, sabiendo que está escrito: “Al necio no se lo corrige con palabras”, 29 y también: “Pega a tu hijo con la vara, y librarás su alma de la muerte”. 30 El abad debe acordarse siempre de lo que es, debe recordar el nombre que lleva, y saber que a quien más se le confía, más se le exige. 31 Y sepa qué difícil y ardua es la tarea que toma: regir almas y servir los temperamentos de muchos, pues con unos debe emplear halagos, reprensiones con otros, y con otros consejos. 32 Deberá conformarse y adaptarse a todos según su condición e inteligencia, de modo que no sólo no padezca detrimento la grey que le ha sido confiada, sino que él pueda alegrarse con el crecimiento del buen rebaño. 33 Ante todo no se preocupe de las cosas pasajeras, terrenas y caducas, de tal modo que descuide o no dé importancia a la salud de las almas encomendadas a él. 34 Piense siempre que recibió el gobierno de almas de las que ha de dar cuenta. 35 Y para que no se excuse en la escasez de recursos, acuérdese de que está escrito: “Busquen el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura”, 36 y también: “Nada falta a los que le temen”. 37 Sepa que quien recibe almas para gobernar, debe prepararse para dar cuenta de ellas. 38 Tenga por seguro que, en el día del juicio, ha de dar cuenta al Señor de tantas almas como hermanos haya tenido confiados a su cuidado, además, por cierto, de su propia alma. 39 Y así, temiendo siempre la cuenta que va a rendir como pastor de las ovejas a él confiadas, al cuidar de las cuentas ajenas, se vuelve cuidadoso de la suya propia, 40 y al corregir a los otros con sus exhortaciones, él mismo se corrige de sus vicios. CAPÍTULO III CONVOCACIÓN
DE LOS HERMANOS A CONSEJO 4 Los hermanos den su consejo con toda sumisión
y humildad, y no se atrevan a defender con insolencia su opinión. 5
La decisión dependa del parecer del abad, y todos obedecerán lo que
él juzgue ser más oportuno. 6 Pero así como conviene que
los discípulos obedezcan al maestro, así corresponde que éste disponga
todo con probidad y justicia. 7 Todos sigan, pues, la Regla como maestra en
todas las cosas, y nadie se aparte temerariamente de ella. 8
Nadie siga en el monasterio la voluntad de su propio corazón. 9
Ninguno se atreva a discutir con su abad atrevidamente, o fuera del
monasterio. 10 Pero si alguno se atreve, quede sujeto a la
disciplina regular. 11 Mas el mismo abad haga todo con temor
de Dios y observando la Regla, sabiendo que ha de dar cuenta, sin duda
alguna, de todos sus juicios a Dios, justísimo juez. 12 Pero si las cosas que han de tratarse para utilidad
del monasterio son de menor importancia, tome consejo solamente de los
ancianos, 13 según está escrito: “Hazlo todo con consejo,
y después de hecho no te arrepentirás”.
CAPÍTULO IV LOS
INSTRUMENTOS DE LAS BUENAS OBRAS 1
Primero, amar al Señor Dios con todo el corazón, con toda el alma y
con todas las fuerzas; 2 después, al prójimo como a sí mismo.
3 Luego, no matar; 4 no cometer adulterio, 5
no hurtar, 6 no codiciar,
CAPÍTULO V LA OBEDIENCIA 1 El primer grado de humildad es una obediencia sin demora.
2 Esta es la que conviene a aquellos que nada estiman tanto
como a Cristo. 3 Ya sea en razón del santo servicio que han
profesado, o por el temor del infierno, o por la gloria de la vida eterna,
4 en cuanto el superior les manda algo, sin admitir dilación
alguna, lo realizan como si Dios se lo mandara. 5 El Señor
dice de éstos: “En cuanto me oyó, me obedeció”. 6 Y dice
también a los que enseñan: “El que a ustedes oye, a mí me oye”. 7
Estos tales, dejan al momento sus cosas, abandonan la propia voluntad,
8 desocupan sus manos y dejan sin terminar lo que estaban
haciendo, y obedeciendo a pie juntillas, ponen por obra la voz del que
manda. 9 Y así, en un instante, con la celeridad que da el
temor de Dios, se realizan como juntamente y con prontitud ambas cosas:
el mandato del maestro y la ejecución del discípulo. 10 Es
que el amor los incita a avanzar hacia la vida eterna. 11
Por eso toman el camino estrecho del que habla el Señor cuando dice:
“Angosto es el camino que conduce a la vida”. 12 Y así, no
viven a su capricho ni obedecen a sus propios deseos y gustos, sino
que andan bajo el juicio e imperio de otro, viven en los monasterios,
y desean que los gobierne un abad. 13 Sin duda estos tales
practican aquella sentencia del Señor que dice: “No vine a hacer mi
voluntad, sino la de Aquel que me envió”. 14 Pero esta misma obediencia será entonces agradable
a Dios y dulce a los hombres, si la orden se ejecuta sin vacilación,
sin tardanza, sin tibieza, sin murmuración o sin negarse a obedecer,
15 porque la obediencia que se rinde a los mayores, a Dios
se rinde. Él efectivamente dijo: “El que a ustedes oye, a mí me oye”.
16 Y los discípulos deben prestarla de buen grado porque
“Dios ama al que da con alegría”. 17 Pero si el discípulo
obedece con disgusto y murmura, no solamente con la boca sino también
con el corazón, 18 aunque cumpla lo mandado, su obediencia
no será ya agradable a Dios que ve el corazón del que murmura. 19
Obrando así no consigue gracia alguna, sino que incurre en la pena de
los murmuradores, si no satisface y se enmienda.
CAPÍTULO VI EL SILENCIO 1 Hagamos lo que dice el Profeta: “Yo dije: guardaré mis caminos para no pecar con mi lengua; puse un freno a mi boca, enmudecí, me humillé y me abstuve de hablar aun cosas buenas”. 2 El Profeta nos muestra aquí que si a veces se deben omitir hasta conversaciones buenas por amor al silencio, con cuanta mayor razón se deben evitar las palabras malas por la pena del pecado.
CAPÍTULO VII LA HUMILDAD 1 Clama, hermanos, la divina Escritura diciéndonos: “Todo el
que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”. 2
Al decir esto nos muestra que toda exaltación es una forma de soberbia.
3 El Profeta indica que se guarda de ella diciendo: “Señor,
ni mi corazón fue ambicioso ni mis ojos altaneros; no anduve buscando
grandezas ni maravillas superiores a mí.” 4 Pero ¿qué sucederá?
“Si no he tenido sentimientos humildes, y si mi alma se ha envanecido,
Tú tratarás mi alma como a un niño que es apartado del pecho de su madre”. 5 Por eso, hermanos, si queremos alcanzar la cumbre
de la más alta humildad, si queremos llegar rápidamente a aquella exaltación
celestial a la que se sube por la humildad de la vida presente, 6
tenemos que levantar con nuestros actos ascendentes la escala que se
le apareció en sueños a Jacob, en la cual veía ángeles que subían y
bajaban. 7 Sin duda alguna, aquel bajar y subir no significa
otra cosa sino que por la exaltación se baja y por la humildad se sube.
8 Ahora bien, la escala misma así levantada es nuestra vida
en el mundo, a la que el Señor levanta hasta el cielo cuando el corazón
se humilla. 9 Decimos, en efecto, que los dos lados de esta
escala son nuestro cuerpo y nuestra alma, y en esos dos lados la vocación
divina ha puesto los diversos escalones de humildad y de disciplina
por los que debemos subir. 10 Así, pues, el primer grado de humildad consiste
en que uno tenga siempre delante de los ojos el temor de Dios, y nunca
lo olvide. 11 Recuerde, pues, continuamente todo lo que Dios
ha mandado, y medite sin cesar en su alma cómo el infierno abrasa, a
causa de sus pecados, a aquellos que desprecian a Dios, y cómo la vida
eterna está preparada para los que temen a Dios. 12 Guárdese
a toda hora de pecados y vicios, esto es, los de los pensamientos, de
la lengua, de las manos, de los pies y de la voluntad propia, y apresúrese
a cortar los deseos de la carne. 13 Piense el hombre que
Dios lo mira siempre desde el cielo, y que en todo lugar, la mirada
de la divinidad ve sus obras, y que a toda hora los ángeles se las anuncian. 14 Esto es lo que nos muestra el Profeta cuando
declara que Dios está siempre presente a nuestros pensamientos diciendo:
“Dios escudriña los corazones y los riñones”. 15 Y también:
“El Señor conoce los pensamientos de los hombres”,16 y dice
de nuevo: “Conociste de lejos mis pensamientos”. 17 Y: “El
pensamiento del hombre te será manifiesto”. 18 Y para que
el hermano virtuoso esté en guardia contra sus pensamientos perversos,
diga siempre en su corazón: “Solamente seré puro en tu presencia si
me mantuviere alerta contra mi iniquidad”. 19 En cuanto a la voluntad propia, la Escritura
nos prohíbe hacerla cuando dice: “Apártate de tus voluntades”. 20
Además pedimos a Dios en la Oración que se haga en nosotros su voluntad.
21 Justamente, pues, se nos enseña a no hacer nuestra voluntad
cuidándonos de lo que la Escritura nos advierte: “Hay caminos que parecen
rectos a los hombres, pero su término se hunde en lo profundo del infierno”,
22 y temiendo también, lo que se dice de los negligentes:
“Se han corrompido y se han hecho abominables en sus deseos”. 23 En cuanto a los deseos de la carne, creamos
que Dios está siempre presente, pues el Profeta dice al Señor: “Ante
ti están todos mis deseos”. 24 Debemos, pues, cuidarnos del mal deseo, porque
la muerte está apostada a la entrada del deleite. 25 Por
eso la Escritura nos da este precepto: “No vayas en pos de tus concupiscencias”. 26 Luego, si “los ojos del Señor vigilan a buenos
y malos”, 27 y “el Señor mira siempre desde el cielo a los
hijos de los hombres, para ver si hay alguno inteligente y que busque
a Dios”, 28 y si los ángeles que nos están asignados, anuncian
día y noche nuestras obras al Señor, 29 hay que estar atentos,
hermanos, en todo tiempo, como dice el Profeta en el salmo, no sea que
Dios nos mire en algún momento y vea que nos hemos inclinado al mal
y nos hemos hecho inútiles, 30 y perdonándonos en esta vida,
porque es piadoso y espera que nos convirtamos, nos diga en la vida
futura: “Esto hiciste y callé”. 31 El segundo grado de humildad consiste en que
uno no ame su propia voluntad, ni se complazca en hacer sus gustos,
32 sino que imite con hechos al Señor que dice: “No vine
a hacer mi voluntad sino la de Aquel que me envió”. 33 Dice
también la Escritura: “La voluntad tiene su pena, y la necesidad engendra
la corona.” 34 El tercer grado de humildad consiste en que
uno, por amor de Dios, se someta al superior en cualquier obediencia,
imitando al Señor de quien dice el Apóstol: “Se hizo obediente hasta
la muerte”. 35 El cuarto grado de humildad consiste en que,
en la misma obediencia, así se impongan cosas duras y molestas o se
reciba cualquier injuria, uno se abrace con la paciencia y calle en
su interior, 36 y soportándolo todo, no se canse ni desista,
pues dice la Escritura: “El que perseverare hasta el fin se salvará”,
37 y también: “Confórtese tu corazón y soporta al Señor”.
38 Y para mostrar que el fiel debe sufrir por el Señor todas
las cosas, aun las más adversas, dice en la persona de los que sufren:
“Por ti soportamos la muerte cada día; nos consideran como ovejas de
matadero”. 39 Pero seguros de la recompensa divina que esperan,
prosiguen gozosos diciendo: “Pero en todo esto triunfamos por Aquel
que nos amó”. 40 La Escritura dice también en otro lugar:
“Nos probaste, ¡oh Dios! nos purificaste con el fuego como se purifica
la plata; nos hiciste caer en el lazo; acumulaste tribulaciones sobre
nuestra espalda”. 41 Y para mostrar que debemos estar bajo
un superior prosigue diciendo: “Pusiste hombres sobre nuestras cabezas”.
42 En las adversidades e injurias cumplen con paciencia el
precepto del Señor, y a quien les golpea una mejilla, le ofrecen la
otra; a quien les quita la túnica le dejan el manto, y si los obligan
a andar una milla, van dos; 43 con el apóstol Pablo soportan
a los falsos hermanos, y bendicen a los que los maldicen. 44 El quinto grado de humildad consiste en que
uno no le oculte a su abad todos los malos pensamientos que llegan a
su corazón y las malas acciones cometidas en secreto, sino que los confiese
humildemente. 45 La Escritura nos exhorta a hacer esto diciendo:
“Revela al Señor tu camino y espera en Él”. 46 Y también
dice: “Confiesen al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.
47 Y otra vez el Profeta: “Te manifesté mi delito y no oculté
mi injusticia. 48 Dije: confesaré mis culpas al Señor contra
mí mismo, y Tú perdonaste la impiedad de mi corazón”. 49 El sexto grado de humildad consiste en que el
monje esté contento con todo lo que es vil y despreciable, y que juzgándose
obrero malo e indigno para todo lo que se le mande, 50 se
diga a sí mismo con el Profeta: “Fui reducido a la nada y nada supe;
yo era como un jumento en tu presencia, pero siempre estaré contigo”. 51 El séptimo grado de humildad consiste en que
uno no sólo diga con la lengua que es el inferior y el más vil de todos,
sino que también lo crea con el más profundo sentimiento del corazón,
52 humillándose y diciendo con el Profeta: “Soy un gusano
y no un hombre, oprobio de los hombres y desecho de la plebe. 53
He sido ensalzado y luego humillado y confundido”. 54 Y también:
“Es bueno para mí que me hayas humillado, para que aprenda tus mandamientos”. 55 El octavo grado de humildad consiste en que
el monje no haga nada sino lo que la Regla del monasterio o el ejemplo
de los mayores le indica que debe hacer. 56 El noveno grado de humildad consiste en que
el monje no permita a su lengua que hable. Guarde, pues, silencio y
no hable hasta ser preguntado, 57 porque la Escritura enseña
que “en el mucho hablar no se evita el pecado”. 58 y que
“el hombre que mucho habla no anda rectamente en la tierra”. 59 El décimo grado de humildad consiste en que
uno no se ría fácil y prontamente, porque está escrito: “El necio en
la risa levanta su voz”. 60 El undécimo grado de humildad consiste en que
el monje, cuando hable, lo haga con dulzura y sin reír, con humildad
y con gravedad, diciendo pocas y juiciosas palabras, y sin levantar
la voz, 61 pues está escrito: “Se reconoce al sabio por sus
pocas palabras”. 62 El duodécimo grado de humildad consiste en que
el monje no sólo tenga humildad en su corazón, sino que la demuestre
siempre a cuantos lo vean aun con su propio cuerpo, 63 es
decir, que en la Obra de Dios, en el oratorio, en el monasterio, en
el huerto, en el camino, en el campo, o en cualquier lugar, ya esté
sentado o andando o parado, esté siempre con la cabeza inclinada y la
mirada fija en tierra, 64 y creyéndose en todo momento reo
por sus pecados, se vea ya en el tremendo juicio. 65 Y diga
siempre en su corazón lo que decía aquel publicano del Evangelio con
los ojos fijos en la tierra: “Señor, no soy digno yo, pecador, de levantar
mis ojos al cielo”. 66 Y también con el Profeta: “He sido
profundamente encorvado y humillado”. 67 Cuando el monje haya subido estos grados de
humildad, llegará pronto a aquel amor de Dios que “siendo perfecto excluye
todo temor”, 68 en virtud del cual lo que antes observaba
no sin temor, empezará a cumplirlo como naturalmente, como por costumbre,
69 y no ya por temor del infierno sino por amor a Cristo,
por el mismo hábito bueno y por el atractivo de las virtudes. 70
Todo lo cual el Señor se dignará manifestar por el Espíritu Santo en
su obrero, cuando ya esté limpio de vicios y pecados. CAPÍTULO VIII LOS OFICIOS DIVINOS POR LA NOCHE 1 En invierno, es decir, desde el primero de noviembre hasta
Pascua, siguiendo un criterio razonable, levántense a la octava hora
de la noche, 2 a fin de que descansen hasta un poco más de
media noche, y se levanten ya reparados. 3 Lo que queda después
de las Vigilias, empléenlo los hermanos que lo necesiten en el estudio
del salterio y de las lecturas. 4 Pero desde Pascua hasta el mencionado primero
de noviembre, el horario se regulará de este modo: Después del oficio
de Vigilias, tras un brevísimo intervalo para que los hermanos salgan
a las necesidades naturales, sigan los Laudes, que se dirán con las
primeras luces del día.
CAPÍTULO IX CUANTOS SALMOS SE HAN DE DECIR EN LAS HORAS NOCTURNAS 1 En el mencionado tiempo de invierno, debe decirse en primer
lugar y por tres veces el verso: “Señor, ábreme los labios, y mi boca
anunciará tus alabanzas”, 2 al que se añadirá el salmo 3
y el “Gloria”; 3. tras éste, el salmo 94 con antífona, o por lo menos,
cantado. 4 Siga luego el himno, después seis salmos con antífonas.
5 Dichos éstos y el verso, dé el abad la bendición. Siéntense
todos en bancos, y los hermanos lean por turno en el libro del atril,
tres lecturas, entre las cuales cántense tres responsorios. 6
Dos responsorios díganse sin “Gloria”, pero después de la tercera lectura,
el que canta diga “Gloria”. 7 Cuando el cantor comienza a
entonarlo, levántense todos inmediatamente de sus asientos en honor
y reverencia de la Santa Trinidad. 8 Léanse en las Vigilias los libros de autoridad
divina, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, así como los comentarios
que hayan hecho sobre ellos los Padres católicos conocidos y ortodoxos. 9 Después de estas tres lecturas con sus responsorios,
sigan otros seis salmos que se han de cantar con “Alleluia”. 10
Tras éstos, una lectura del Apóstol que se ha de recitar de memoria,
el verso y la súplica de la letanía, esto es el “Kyrie eleison”. 11
Así se concluirán las “Vigilias” nocturnas.
CAPÍTULO X COMO SE HA DE CELEBRAR EN VERANO LA ALABANZA NOCTURNA 1 Desde Pascua hasta el primero de noviembre manténgase,
en cuanto al número de salmos, todo lo que se dijo arriba, 2
pero, a causa de la brevedad de las noches, no se leerán las lecturas
en el libro, sino que, en lugar de esas tres lecturas, se dirá una de
memoria, tomada del Antiguo Testamento y seguida de un responsorio breve.
3 Todo lo demás cúmplase como se dijo, es decir, que nunca
se digan en las Vigilias menos de doce salmos, sin contar en este número
el salmo 3 y el 94. CAPÍTULO XI COMO HAN DE CELEBRARSE LAS VIGILIAS DE LOS DOMINGOS 1 El domingo levántense para las Vigilias más temprano. 2
Guárdese en tales Vigilias esta disposición: Reciten, como arriba dispusimos,
seis salmos y el verso. Siéntense todos por orden en los bancos, y léase
en el libro, como arriba dijimos, cuatro lecciones con sus responsorios.
3 Sólo en el cuarto responsorio diga “Gloria” el cantor,
y al entonarlo, levántense todos en seguida con reverencia. 4 Después de estas lecturas, síganse por orden
otros seis salmos con antífonas, como los anteriores, y el verso. 5
Luego léanse de nuevo otras cuatro lecturas con sus responsorios en
el orden indicado. 6 Después de éstas, díganse tres cánticos de los
Profetas, los que determine el abad, los cuales se salmodiarán con “
Alleluia “. 7 Dígase el verso, dé el abad la bendición, y
léanse otras cuatro lecturas del Nuevo Testamento en el orden indicado.
8 Después del cuarto responsorio empiece el abad el himno
“Te Deum laudamus”. 9 Una vez dicho, lea el abad una lectura
de los Evangelios, estando todos de pie con respeto y temor. 10
Al terminar, todos respondan “Amén”, y prosiga en seguida el abad con
el himno “Te decet laus”, y dada la bendición, empiecen los Laudes. 11 Manténgase este orden de las Vigilias del domingo
en todo tiempo, tanto en verano como en invierno, 12 a no
ser que se levanten más tarde - lo que no suceda - y haya que abreviar
un poco las lecturas o los responsorios. 13 Cuídese mucho
de que esto no ocurra, pero si aconteciere, el responsable de esta negligencia
dé conveniente satisfacción a Dios en el oratorio. CAPÍTULO XII COMO SE HA DE CELEBRAREL OFICIO DE LAUDES 1 En los Laudes del domingo, dígase en primer lugar el salmo 66 sin antífona, todo seguido. 2 Luego dígase el 50 con “Alleluia”; 3 tras él, el 117 y el 62; 4 después el “Benedicite” y los “Laudate”, una lectura del Apocalipsis dicha de memoria, el responsorio, el himno, el verso, el cántico del Evangelio, la letanía, y así se concluye. CAPÍTULO XIII COMO HAN DE CELEBRARSE LOS LAUDES EN LOS DIAS ORDINARIOS 1 En los días ordinarios, en cambio, celébrese la solemnidad
de Laudes de este modo: 2 Dígase el salmo 66 sin antífona,
demorándolo un poco, como el domingo, para que todos lleguen al 50 que
se dirá con antífona. 3 Luego díganse otros dos salmos, como
es de costumbre, esto es: 4 el lunes, el 5 y el 35; 5
el martes, el 42 y el 56; 6 el miércoles, el 63 y el 64;
7 el jueves, el 87 y el 89; 8 el viernes, el 75
y el 91; 9 y el sábado, el 142 y el cántico del Deuteronomio
que se dividirá en dos “Glorias”. 10 Pero en los demás días
se dirá un cántico de los Profetas, cada uno en su día, como salmodia
la Iglesia Romana. 11 Sigan después los “Laudate”, luego
una lectura del Apóstol que se ha de recitar de memoria, el responsorio,
el himno, el verso, el cántico del Evangelio, la letanía, y así se concluye. 12 Los oficios de Laudes y Vísperas no deben terminar
nunca sin que el superior diga íntegramente la oración del Señor, de
modo que todos la oigan. Esto se hará, porque como suelen aparecer las
espinas de los escándalos, 13 amonestados por la promesa
de la misma oración que dice: “Perdónanos así como nosotros perdonamos”,
se purifiquen de este vicio. 14 En las otras Horas, en cambio,
se dirá la última parte de esta oración, para que todos respondan: “Mas
líbranos del mal. “
CAPÍTULO XIV COMO HAN DE CELEBRARSE LAS VIGILIAS EN LAS FIESTAS DE LOS SANTOS 1 En las festividades de los santos y en todas las solemnidades
celébrese el oficio como dispusimos para el domingo, 2 excepto
que se dirán los salmos, las antífonas y las lecturas que correspondan
al mismo día. Pero guárdese la disposición prescrita. CAPÍTULO XV EN QUE TIEMPOS SE DIRA ALELUYA 1 Desde la santa Pascua hasta Pentecostés, se dirá “Aleluya”
sin interrupción, tanto en los salmos como en los responsorios. 2
Pero desde Pentecostés hasta el principio de Cuaresma se dirá únicamente
todas las noches a los Nocturnos, con los seis últimos salmos. 3 Pero todos los domingos, salvo en Cuaresma,
se dirán con “Aleluya” los cánticos, Laudes, Prima, Tercia, Sexta y
Nona; mas las Vísperas con antífona. 4 En cambio, los responsorios
no se digan nunca con “Aleluya”, sino desde Pascua hasta Pentecostés. CAPÍTULO XVI COMO SE HAN DE CELEBRAR LOS OFICIOS DIVINOS DURANTE EL DIA 1 Dice el Profeta: “Siete veces al día te alabé”. 2
Nosotros observaremos este sagrado número septenario, si cumplimos los
oficios de nuestro servicio en Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas
y Completas, 3 porque de estas horas del día se dijo: “Siete
veces al día te alabé”. 4 Pues de las Vigilias nocturnas
dijo el mismo Profeta: “A media noche me levantaba para darte gracias”. 5 Ofrezcamos, entonces, alabanzas a nuestro Creador
“por los juicios de su justicia”, en estos tiempos, esto es, en Laudes,
Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas, y levantémonos por
la noche para darle gracias.
CAPÍTULO XVII CUANTOS SALMOS SE HAN DE CANTAR EN ESAS MISMAS HORAS 1 Ya hemos dispuesto el orden de la salmodia en los Nocturnos
y en Laudes; veamos ahora en las Horas siguientes. 2 En la Hora de Prima díganse tres salmos separadamente,
y no bajo un solo “Gloria”; 3 el himno de esta Hora se dirá
después del verso: “Oh Dios, ven en mi ayuda”, antes de empezar los
salmos. 4 Cuando se terminen los tres salmos recítese una
lectura, el verso, el “Kyrie eleison” y la conclusión. 5 A Tercia, Sexta y Nona celébrese la oración
con el mismo orden, esto es: el himno de esas Horas, tres salmos, la
lectura y el verso, el “Kyrie eleison” y la conclusión. 6
Si la comunidad fuere numerosa, los salmos se cantarán con antífonas,
pero si es reducida, seguidos. 7 El oficio de Vísperas constará, en cambio, de
cuatro salmos con antífona; 8 después de éstos ha de recitarse
la lectura, luego el responsorio, el himno, el verso, el cántico del
Evangelio, la letanía, y termínese con la Oración del Señor. 9 Completas comprenderá la recitación de tres
salmos que se han de decir seguidos, sin antífona; 10 después
de ellos, el himno de esta Hora, una lectura, el verso, el “Kyrie eleison”,
y termínese con una bendición.
CAPÍTULO XVIII EN
QUE ORDEN SE HAN DE DECIR LOS SALMOS 1 Primero dígase el verso: “Oh Dios, ven en mi ayuda; apresúrate,
Señor, a socorrerme”, y “Gloria”; y después el himno de cada Hora. 2 En Prima del domingo se han de decir cuatro
secciones del salmo 118, 3 pero en las demás Horas, esto
es, en Tercia, Sexta y Nona, díganse tres secciones de dicho salmo 118.
4 En Prima del lunes díganse tres salmos, el 1, el 2 y el
6. 5 Y así cada día en Prima, hasta el domingo, díganse por
orden tres salmos hasta el 19, dividiendo el salmo 9 y el 17 en dos
partes. 6 Se hace así, para que las Vigilias del domingo
empiecen siempre con el salmo 20. 7 En Tercia, Sexta y Nona del lunes díganse las
nueve secciones que quedan del salmo 118, tres en cada Hora. 8
Como el salmo 118 se termina en dos días, esto es entre el domingo y
el lunes, 9 el martes en Tercia, Sexta y Nona salmódiense
tres salmos desde el 119 hasta el 127, esto es, nueve salmos. 10
Estos salmos se repetirán siempre los mismos en las mismas Horas hasta
el domingo, conservando todos los días la misma disposición de himnos,
lecturas y versos. 11 Así se comenzará siempre el domingo
con el salmo 118. 12 Cántese diariamente Vísperas modulando cuatro
salmos, 13 desde el 109 hasta el 147, 14 exceptuando
los que se han reservado para otras Horas, esto es, desde el 117 hasta
el 127, y el 133 y el 142. 15 Los demás deben decirse en
Vísperas. 16 Pero como resultan tres salmos menos, por eso
han de dividirse los más largos de dicho número, es a saber, el 138,
el 143 y el 144. 17 En cambio el 116, porque es breve, júntese
con el 115. 18 Dispuesto, pues, el orden de los salmos vespertinos,
lo demás, esto es, lectura, responsorio, himno, verso y cántico, cúmplase
como arriba dispusimos. 19 En Completas, en cambio, repítanse diariamente
los mismos salmos, es a saber, el 4, el 90 y el 133. 20 Dispuesto el orden de la salmodia diurna, todos
los demás salmos que quedan, repártanse por igual en las Vigilias de
las siete noches, 21 dividiendo aquellos salmos que son más
largos, y asignando doce para cada noche. 22 Advertimos especialmente que si a alguno no
le gusta esta distribución de salmos, puede ordenarlos como le parezca
mejor, 23 con tal que mantenga siempre la recitación íntegra
del salterio de ciento cincuenta salmos en una semana, y que en las
Vigilias del domingo se vuelva a comenzar desde el principio, 24
porque muestran un muy flojo servicio de devoción los monjes que, en
el espacio de una semana, salmodian menos que un salterio, con los cánticos
acostumbrados, 25 cuando leemos que nuestros santos Padres
cumplían valerosamente en un día, lo que nosotros, tibios, ojalá realicemos
en toda una semana.
CAPÍTULO XIX EL MODO DE SALMODIAR 1 Creemos que Dios está presente en todas partes, y que “los ojos del Señor vigilan en todo lugar a buenos y malos”, 2 pero debemos creer esto sobre todo y sin la menor vacilación, cuando asistimos a la Obra de Dios. 3 Por tanto, acordémonos siempre de lo que dice
el Profeta: “Sirvan al Señor con temor”. 4 Y otra vez: “Canten
sabiamente”. 5 Y, “En presencia de los ángeles cantaré para
ti”. 6 Consideremos, pues, cómo conviene estar en la
presencia de la Divinidad y de sus ángeles, 7 y asistamos
a la salmodia de tal modo que nuestra mente concuerde con nuestra voz.
CAPÍTULO XX LA REVERENCIA EN LA ORACIÓN 1 Si cuando queremos sugerir algo a hombres poderosos, no osamos
hacerlo sino con humildad y reverencia, 2 con cuánta mayor
razón se ha de suplicar al Señor Dios de todas las cosas con toda humildad
y pura devoción. 3 Y sepamos que seremos escuchados, no por hablar
mucho, sino por la pureza de corazón y compunción de lágrimas. 4
Por eso la oración debe ser breve y pura, a no ser que se prolongue
por un afecto inspirado por la gracia divina. 5 pero en comunidad
abréviese la oración en lo posible, y cuando el superior dé la señal,
levántense todos juntos.
CAPÍTULO XXI LOS DECANOS DEL MONASTERIO 1 Si la comunidad es numerosa, elíjanse hermanos que tengan
buena fama y una vida santa, y sean nombrados decanos, 2
para que velen en todo con solicitud sobre sus decanías, según los mandamientos
de Dios y los preceptos de su abad. 3 Elíjanse decanos a aquellos con quienes el abad
pueda compartir confiadamente su cargo. 4 Y no se elijan
por orden, sino según el mérito de su vida y la sabiduría de su doctrina. 5 Si alguno de los decanos, hinchado por el espíritu
de soberbia, se hace reprensible, corríjaselo una primera, una segunda
y una tercera vez, y si no quiere enmendarse, destitúyaselo 6
y póngase en su lugar a otro que sea digno. 7 Lo mismo establecemos
respecto del prior.
CAPÍTULO XXII COMO HAN DE DORMIR LOS MONJES 1 Duerma cada cual en su cama. 2 Reciban de su abad
la ropa de cama adecuada a su género de vida. 3 Si es posible,
duerman todos en un mismo local, pero si el número no lo permite, duerman
de a diez o de a veinte, con ancianos que velen sobre ellos. 4
En este dormitorio arda constantemente una lámpara hasta el amanecer. 5 Duerman vestidos, y ceñidos con cintos o cuerdas.
Cuando duerman, no tengan a su lado los cuchillos, no sea que se hieran
durante el sueño. 6 Estén así los monjes siempre preparados,
y cuando se dé la señal, levántense sin tardanza y apresúrense a anticiparse
unos a otros para la Obra de Dios, aunque con toda gravedad y modestia.
7 Los hermanos más jóvenes no tengan las camas contiguas,
sino intercaladas con las de los ancianos. 8 Cuando se levanten
para la Obra de Dios, anímense discretamente unos a otros, para que
los soñolientos no puedan excusarse. CAPÍTULO XXIII LA EXCOMUNION POR LAS FALTAS 1 Si algún hermano es terco, desobediente, soberbio o murmurador, o contradice despreciativamente la Santa Regla en algún punto, o los preceptos de sus mayores, 2 sea amonestado secretamente por sus ancianos una y otra vez, según el precepto de nuestro Señor. 3 Si no se enmienda, repréndaselo públicamente delante de todos. 4 Si ni así se corrige, sea excomulgado, con tal que sea capaz de comprender la importancia de esta pena. 5 Si no es capaz, reciba un castigo corporal. (fin
de la primera parte)
|
|||